Federación Mexicana de Patología Clínica, A.C.


 

In Memoriam, Dr. Francisco Biagi Filizola


Dr. Roberto Ruiz Arenas


“En los ojos del joven, arde la llama; en los ojos del viejo, brilla la luz”.
Víctor Hugo

No es tarea sencilla, escribir sobre la vida de alguien que, como el doctor Francisco Biagi Filizola, parece haber habitado más de una vida, o, mejor dicho, haber logrado que en una sola cupieran varias. Al evocarlo, iniciaré por el principio, con su nacimiento en Tampico en 1929, incluso mencionando esos pasajes intermedios que parecen condicionar todo lo demás: los días en la selva campechana, el microscopio como extensión de sus ojos, la risa aguda con la que acompañaba una ocurrencia, el canto inesperado de un aria de ópera en medio de una reunión de amigos. Porque la vida del doctor Biagi, como la de ciertos hombres, no se lee en línea recta, sino como fragmentos de una memoria que, al unirse, dibujan la figura de un hombre irrepetible.

Su abuelo, que tenía una marmolería en Carrara, Italia, decidió ampliar su mercado y envió a sus hijos a fundar marmolerías en México; Gino en San Luis Potosí y Francesco Biagi Vatteroni en Tampico, debido al auge petrolero que ahí se vivía. Francesco regresó temporalmente a Italia como voluntario durante la primera guerra mundial para participar en el ejército italiano, recibiendo varias condecoraciones.

Poco después de su regreso a Tampico, Francesco contrajo nupcias con Laura Filizola Pier, matrimonio del que nacieron dos hijos, Francisco y Juan; posteriormente llegó a ser nombrado Cónsul de Italia en Tampico. En la siguiente imagen, Francisco con sus padres, en su primer año de vida. Francisco, heredero de una tradición de esfuerzo y, sobre todo, de esa mezcla de culturas que, en su caso, se volvería método de vida.

El joven Francisco, terminando sus estudios escolares, se trasladó a la ciudad de México, para estudiar la carrera de medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sustentó su examen profesional el 20 de noviembre de 1953. Su tesis –con la que obtuvo mención honorífica– se tituló "La leishmaniasis tegumentaria mexicana”.

Durante su servicio social en Escárcega, Campeche, acompañado de su esposa —la bióloga y entomóloga Ana María de Buen López Heredia—, emprendió una investigación que marcaría su carrera: el estudio de la llamada “úlcera de los chicleros”. En condiciones casi épicas, internándose en la selva con un grupo de trabajadores, construyendo un campamento improvisado, capturando mosquitos durante noches enteras, fueron capaces de identificar un flebótomo como vector y de clasificar taxonómicamente al parásito causal como Leishmania mexicana. No fue un hallazgo menor. Fue el inicio de una autoridad científica que lo llevaría, con el tiempo, a ser considerado como “El padre de la parasitología en México”. Y también fue, en cierto modo, un retrato de su carácter: la paciencia infinita, la disciplina metódica, la capacidad de soportar la incomodidad física y la adversidad ambiental en nombre de una verdad científica. En la siguiente imagen se le aprecia observando al microscopio en su trabajo de campo.



Pero Biagi no se limitó a la investigación de campo. Fue fundador de la Sociedad Mexicana de Parasitología y de la Asociación de Profesores de Microbiología y Parasitología en Escuelas de Medicina. En 1961, por encargo del doctor Raoul Fournier, unificó las secciones de Bacteriología y Parasitología en Ciudad Universitaria, creando el Departamento de Microbiología y Parasitología, del que fue jefe hasta 1978, cuando partió a Ginebra, Suiza, como funcionario de la Organización Mundial de la Salud. Aquellos años de jefatura fueron decisivos: logró becas y financiamientos de la Fundación Rockefeller y otras instituciones, modernizó el equipo de su facultad con microscopios que aún hoy se utilizan, y consolidó un semillero de especialistas que han multiplicado su legado.

El reconocimiento –ineludible– fue internacional. Miembro de academias, autor de libros —entre otros, Parasitosis en Pediatría y el capítulo Intestinal Parasitism en Current Therapy— y de numerosos artículos en revistas médicas nacionales e internacionales; en 1965 fue recibido como miembro numerario de la Academia Nacional de Medicina de México. En 1968 representó al gobierno mexicano ante la OMS. Y, sin embargo, lo que más llama la atención de toda esa secuencia no son los cargos ni las publicaciones, sino la forma en que los ejercía: con un humor ácido, una inteligencia práctica, una capacidad de síntesis que convertía en sentencia lo que para otros era un problema irresoluble. “Si las heces fueran fluorescentes, México viviría perennemente iluminado”, solía decir, y en esa frase se condensaba tanto su ironía como su diagnóstico certero.

Lo conocí personalmente en 1983. Recuerdo la impresión que causaba su sola presencia: no necesitaba presentaciones, porque su nombre lo precedía. En alguna de sus conferencias, le escuché decir: “La parasitología me ha llevado a dormir desde en una choza de la selva campechana hasta en un palacio”. Cierta vez, más adelante le solicité los detalles sobre este hecho y me respondió, que era amigo de la hija del rey de Tailandia, especialista ella en medicina tropical, lo había invitado a participar en unas conferencias y había sido alojado en su palacio. Esa naturalidad era su sello: la grandeza vivida sin alardes.

Recuerdo también un viaje con él a Atlanta, cuando visitamos el laboratorio clínico Smith Kline Beecham. Allí, el doctor Raymond Kaplan, prestigioso microbiólogo y autor del capítulo sobre Campylobacter del Manual de Microbiología de la ASM, interrumpió la formalidad del protocolo para sacar de su librero un volumen de Current Therapy y pedirle su autógrafo en el capítulo sobre parasitismo intestinal, de la ya mencionada autoría del Dr. Biagi. Fue uno de esos instantes en que uno comprende de golpe la dimensión de alguien: Biagi era elogiado por quien, a la vez, ya ocupaba un reconocido mérito en el área de la microbiología.

Su vida no se limitó al campo académico. Fue un hombre emprendedor, fundador de laboratorios clínicos, impulsor y uno de los fundadores de la Asociación Mexicana de Propietarios de Laboratorio Clínico (AMPLC). En cuyas reuniones era frecuente escucharlo mencionar: “El laboratorio clínico es una empresa y debe ser administrado como tal”. Sus consejos eran siempre pragmáticos, claros, fruto de la observación y la experiencia. “Un parámetro confiable del éxito de un laboratorio”, decía, “es identificar cuántos pacientes llegan por su propia iniciativa, sin ser referidos”.

Tampoco desatendió sus pasiones más íntimas. De niño, su padre, que lo había iniciado en la caza y la pesca, le obsequió desde muy pequeño un rifle calibre .22 diciéndole: “para que cuando seas mayor, en caso necesario, sepas usar las armas para defender a tu patria”. Más tarde, ya de adulto, encontró en la joyería un pasatiempo absorbente: en su propia casa montó un taller artesanal donde diseñaba y fundía piezas únicas, animado por su hija Beatriz, diseñadora de joyas radicada en Milán. Y en las reuniones sociales de la AMPLC dejaba ver otra faceta inesperada: con voz de tenor, entonaba arias de ópera o canciones mexicanas, uniendo en su repertorio la disciplina científica y el gozo estético, como si ambas fueran manifestaciones de una misma pasión por la vida.

La familia fue otra de sus grandes realidades. Doña Ana María de Buen y él, procrearon cinco hijos: Ana María, Teresa, Aida, Beatriz y Francisco Sadí (este último fallecido a temprana edad). Los nietos fueron nueve y los bisnietos siete. Esa descendencia, esparcida entre México, Canadá e Italia, testimonia no solo la fecundidad de su vida personal, sino también la continuidad de esa mezcla de raíces y horizontes que caracterizó a los Biagi, desde el abuelo marmolero de Carrara.

Uno de los reconocimientos más conspicuos que recibió en vida el Dr. Francisco Biagi Filizola, fue en 1990, cuando uno de los laboratorios de posgrado de la Universidad Nacional Autónoma de México, fue distinguido con su nombre. En la imagen siguiente, aparece en el acto de develación de la placa, acompañado del Dr. Ruy Pérez Tamayo, otro distinguido investigador y profesor universitario.



En los años noventa, cuando las negociaciones del TLCAN hacían temer la irrupción de grandes cadenas de laboratorios norteamericanos en México, él fue pieza clave en la creación de la franquicia Exakta Laboratories, un proyecto que buscaba consolidar la identidad y la calidad de los laboratorios mexicanos. Visionario hasta el final, supo leer el panorama y anticipar el futuro, como cuando afirmaba que “la política consiste en visualizar el presente para estructurar el futuro, planeando el trabajo actual”.

Fue, además, un hombre ético hasta la médula. Combatió la práctica de la “dicotomía” —la participación económica a médicos o funcionarios por enviar pacientes al laboratorio— logrando que su prohibición se incluyera, como uno de sus dogmas, en el Código Deontológico de la AMPLC. Supo retirarse a tiempo y ya jubilado vivió en Querétaro, donde lo visitábamos y lo encontrábamos todavía activo frente a la computadora, acompañado de “Pipo”, su pequeño Chihuahua, con el que aparece en la siguiente imagen.



El 23 de febrero de 2025 se apagó esa vida múltiple. Y, sin embargo, como ocurre con los hombres verdaderamente grandes, más que extinguirse, se transformó en impronta imborrable. Porque Francisco Biagi Filizola no fue solo un médico brillante, un investigador pionero, un empresario visionario, un profesor entrañable o un cantante aficionado; fue, sobre todo, un hombre que vivió con pasión cada faceta de su existencia. Y que dejó, en quienes lo conocimos, huella de su inteligencia, su humor, su rigor y su generosidad.

Recordarlo es, también, conmemorar la luz que brillaba en sus ojos hasta el final. La llama de la juventud se apagó hace tiempo; la luz de la experiencia, en cambio, sigue iluminando a quienes tuvimos el privilegio de aprender de él, de trabajar con él o, simplemente, de escucharlo cantar.

Agradezco ampliamente la oportunidad de redactar este In Memoriam; agradezco la confianza, en particular de su hija Tere y de discípulos de don Francisco, que enriquecieron el material que aquí se presenta.

ISSN 0185-6014

Palabras clave: Vitek 2, identificación bacteriana, tiempos de respuesta, infecciones nosocomiales, farmacorresistencia bacteriana
Keywords: Vitek 2, bacterial identification, response times, cross infection, drug resistance bacterial

Contreras-González Rosario Angélica
Hospital General de Zona No. 20, IMSS Puebla.

Vázquez-Guzmán Guadalupe Vanessa
Hospital General de Zona No. 20, IMSS Puebla.

Gutiérrez-Chablé Luis Eduardo
Hospital General de Zona No. 20, IMSS Puebla.

Rodríguez-Cardoso Nelly Esther
Hospital General Regional No. 36 “San Alejandro”, IMSS Puebla.

Blanco-Osorio Nallely
Hospital General de Zona No. 20, IMSS Puebla.

Reyes-Pérez Luis Manuel
Unidad de Medicina Familiar No. 57, IMSS Puebla.

CONTACTO

Contreras-González Rosario Angélica
Calle Encino #352 colonia El Cerrito, C.P. 72440, Heroica Puebla de Zaragoza, Puebla
E-mail: angycg92@gmail.com

RECIBIDO: 7 de abril de 2025
ACEPTADO: 20 de mayo de 2025

Introducción del autor